Libro de Melquisedec (Historia del Universo) - Un faro del desierto

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Libro de Melquisedec
Parte 3

Historia del Universo
(Un relato escrito por Melquisedec)

La Bohème
La Historia del Universo Capítulo 1
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La Historia del Universo Capitulo 2
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La Historia del Universo Capitulo 2 Continuación
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La Historia del Universo Capitulo 3
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La Historia del Universo Capitulo 3 continuación
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La Historia del Universo Capitulo 3 continuación-1
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La Historia del Universo Capitulo 4
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La Historia del Universo Capitulo 4 continuación
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La Historia del Universo Capitulo 4 continuación-1
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La Historia del Universo Capitulo 4 continuación-2
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La Historia del Universo Capitulo 4 continuación-3
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La Historia del Universo Capítulo 5
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La Historia del Universo Capítulo 5 continuación
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La Historia del Universo Capítulo 5 continuación-1
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La Historia del Universo Capítulo 5 continuación-2
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La Historia del Universo Capítulo 6
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La Historia del Universo Capítulo 6 continuación
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La Historia del Universo Capítulo 6 continuación-1
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La Historia del Universo Capítulo 6 Fin
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Revelaciones que un ángel del Señor manifestó a Melquisedec en un sueño que tuvo lugar la noche siguiente a su coronación, un año después de recuperar el cetro de Salem, habiendo pagado el precio de su rescate con dolor y sangre.

Capítulo 1

El Eterno vivió una eternidad antes de crear el Universo. Mundo de Luz. Monte Sión.
Río de la vida. Jardín de Edén. Jerusalén, la ciudad de paz.
Lucifer, el primogénito de los ángeles. Leyes del gobierno divino. Libertad de escoger.
Ángeles, ministros del reino de la luz.
Universo. Abismo de tinieblas, prueba de fidelidad. Separación entre la luz y las tinieblas.

1 Antes que existiese una estrella para brillar, antes que hubiese ángeles para cantar, ya había un cielo, el hogar del Eterno, el único Dios. Perfecto en sabiduría, amor y gloria, vivió el Eterno una eternidad, antes de concretizar Su lindo sueño, en la creacióndel Universo.
2 Los incontables seres que componen la creación fueron, todos, idealizados con mucho cariño.
Desde el diminuto átomo hasta las gigantescas galaxias, todo mereció Su suprema atención. Amador de la música, Dios idealizó el Universo como una gran orquesta que, bajo Su regencia, debería vibrar acordes armoniosos de justicia y paz.
Para cada criatura Él compuso una canción de amor.
3 El Eterno estaba muy feliz, pues Sus sueños estaban por realizarse. Moviéndose con majestad, inició Su obra de creación. Sus manos moldearon primeramente un mundo de luz, y sobre él una montaña fulgurante sobre la cual estaría para siempre afirmado el trono del Universo.
4 Al monte sagrado Dios llamó: Sión. De la base del trono, el Eterno hizo brotar un río cristalino, para representar la vida que de Él fluiría hacia todas las criaturas.
Como sala del trono, creó un lindo paraíso que se extendía por centenas de kilómetros alrededor del monte Sión.
Al paraíso llamó: Edén. Al sur del paraíso, en ambos márgenes del río de la vida, fueron edificadas numerosas mansiones adornadas de piedras preciosas, que se destinaban a los ángeles, los ministros del reino de la luz.
5 Circundando el Edén y las mansiones angelicales, construyó Dios una muralla de jaspe brillante, a lo largo de la cual podían ser vistos grandes portales de perlas.
Con alegría, el Eterno contempló la Capital soñada. La ciudad en su esplendor era como una novia adornada, pronta para recibir a su esposo.
6 Cariñosamente, el gran Arquitecto la llamó: Jerusalén, la Ciudad de la Paz.
Dios estaba por traer a la existencia a la primera criatura racional. Sería un ángel glorioso, de entre todos el de mayor honra. Adornado por el brillo de las piedras preciosas, ese ángel viviría sobre el monte Sión, como representante del Rey de reyes delante del Universo.
7 Con mucho amor, el Creador comenzó a moldear al primogénito de los ángeles.
Toda sabiduría aplicó al formarlo, haciéndolo perfecto. Con ternura le concedió la vida; el hermoso ángel, como despertando de un profundo sueño, abrió los ojos y contempló la faz de su Autor.
Con alegría, el Eterno le mostró las bellezas del paraíso, hablándole de Sus planes, que comenzaban a concretizarse.
8 Al ser conducido al lugar de su morada, junto al trono, el príncipe de los ángeles estaba agradecido y, con voz melodiosa, entonó su primer cántico de alabanza.
De las alturas de Sión, se descubría, a los ojos del hermoso ángel, Jerusalén en su inmensidad y esplendor.
El río de la vida, al deslizar sereno en medio de la Ciudad, se asemejaba a una larga avenida, reflejando las bellezas del jardín del Edén y de las mansiones angelicales.
9 Envolviendo al primogénito de los ángeles con Su manto de luz, el Eterno comenzó a hablarle de los principios que habrían de regir el reino universal.
Leyes físicas y morales deberían ser respetadas en toda la extensión del gobierno divino.
Las leyes morales se resumían en dos principios básicos: amar a Dios sobre todas las cosas al prójimo como a Sí mismo. Cada criatura racional debería ser un canal por medio del cual el Eterno pudiese derramar a otros vida y luz.
De esa forma, el Universo crecería en armonía, felicidad y paz.
10 En el reino de Dios, las leyes no serían impuestas con tiranía; Los súbditos serían libres.
La obediencia debería surgir espontánea, en un gesto de reconocimiento y gratitud.
En ese reino de libertad, la desobediencia también sería posible. El resultado de tal comportamiento sería el vaciamiento de las fuerzas vitales.
11 Después de revelar al hermoso ángel las leyes de Su gobierno, el Eterno le confió una misión de gran responsabilidad: sería el protector de aquellas leyes, debiéndolas honrar y revelar al Universo listo para ser creado.
Con el corazón rebosante de amor a Dios y a los semejantes, le correspondería ser un modelo de perfección: sería Lucifer, el portador de la luz.
El príncipe de los ángeles; agradecido por todo, se postró ante el amoroso Rey, prometiéndole eterna fidelidad.
El Eterno continuó Su obra de creación, trayendo a la existencia a innumerables huestes de ángeles, los ministros del reino de la luz.
12 La Ciudad Santa fue poblada por esas criaturas radiantes que, felices y agradecidas, unían las voces en bellísimos cánticos de alabanza al Creador.
Dios traía ahora a la existencia el Universo que, repleto de vida, giraría entorno de Su trono afirmado en Sión.
Acompañado por Sus ministros, partió hacia la grandiosa realización.
Después de contemplar el vacío inmenso, el Eterno levantó las poderosas manos, ordenando la materialización de las multiformes maravillas que habrían de componer el Cosmos.
13 Su orden, cual trueno, repercutió por todas partes, haciendo surgir, como por encanto, galaxias sin número, repletas de mundos y soles —paraísos de vida y alegría —, todo girando armoniosamente entorno del monte Sión.
Al presenciar tan grande hecho del supremo Rey, las huestes angelicales se postraron, haciendo repercutir por el espacio iluminado un cántico de triunfo, en salutación a la vida.
14 Todo el Universo se unió en ese cántico de gratitud, en promesa de eterna fidelidad al Creador. Guiados por el Eterno, los ángeles comenzaron a conocer las riquezas del Universo.
En esa excursión sideral, estaban admirados ante la inmensidad del reino de la luz. Por todas partes encontraban mundos habitados por criaturas felices que los recibían en fiesta.
Los ángeles nos saludaban con cánticos que hablaban de las buenas nuevas de aquel reino de paz.
15 Tan preciada como la vida, la libertad de escoger, a través de la cual las criaturas podrían demostrar su amor al Creador, exigía una prueba de fidelidad.
Con el propósito de revelarlo, el Eterno condujo las huestes por entre el espacio iluminado, hasta aproximarse a un abismo de tinieblas que contrastaba con el inmenso brillo de las galaxias.
A lo lejos, ese abismo se había revelado insignificante a los ojos de los ángeles, como un puntillo sin luz; pero a medida de su acercamiento, se mostró en su enormidad.
16 El Creador, que a cada paso revelaba a los ángeles los misterios de Su reino, estaba allí silencioso, como guardando para Sí un secreto.
Las tinieblas de aquel abismo consistían en la prueba de la fidelidad. Volteándose hacia las huestes, el Eterno solemnemente afirmó: —"Todos los tesoros de la luz estarán abiertos a vuestroconocimiento, menos los secretos ocultos por las tinieblas.
Sois libres para servirme o no.
Amando la luz estaréis ligados a la Fuente de la Vida". —
17 Con estas palabras, hizo Dios separación entre la luz y las tinieblas, el bien y el mal.

Capítulo 2

El Universo era libre para escoger su destino.

Una eternidad de armonía y paz. Lucifer, trasmisor de las revelaciones del Padre a sus ángeles.
Asambleas en planetas capitales.
La obediencia a las leyes divinas, fundamento de progreso y felicidad. Lucifer es atraído por las tinieblas del abismo.
Lucifer, creado para la Luz. Intervención de un Padre amoroso. La gran lucha interior de Lucifer.
El don del libre albedrío. Teoría de la ciencia del bien y del mal.
Fundamentos del reino del Eterno. Traición de Lucifer y de un tercio de las huestes.
El Eterno advierte sobre el rompimiento de la Fuente de la Vida. El Universo puesto a prueba.
El inconsolable llanto del Padre. El misterioso abismo, significado simbólico del reino de la rebeldía.
Comienzo de la creación del planeta Tierra.
1 El tan esperado sueño del Creador se concretizaba. Ahora, como Padre cariñoso, conducía a las criaturas a través de una eternidad de armonía y paz.
En virtud del cumplimiento de las leyes divinas, el Universo se expandía en felicidad y gloria.
Había un fuerte celo de amor, que a todos unía fuertemente.
Los seres racionales, dotados de la capacidad de un desenvolvimiento infinito, encontraban indescriptible placer en aprender los inagotables tesoros de La Sabiduría divina, transmitiéndolos a los semejantes.
Eran como canales por medio de los cuales La Fuente de la Eterna Vida nutría a todos de amor y luz.
2 En Jerusalén, los ministros del reino se reunían ante el soberano Rey, siempre prontos a cumplir Sus propósitos.
Era a través de Lucifer que el Eterno ponía de manifiesto Sus designios.
Después de recibir una nueva revelación, él prontamente la transmitía a las huestes angelicales.
Éstas, a su vez, la compartían con la creación.
En célebre vuelo los ángeles se dirigían hacia los planetas capitales, donde, en grandes asambleas, se reunían los representantes de los demás mundos.
En muchas de esas asambleas, Lucifer se hacía presente, llenando a los participantes de alegría y de admiración.
Perfecto en todas las virtudes, él los cautivaba con su simpatía.
3 Ningún otro ángel conseguía revelar como él los misterios del amor del Eterno.
El Universo, alimentándose de la Fuente de la Vida, se expandía en una eternidad de perfecta paz.
La obediencia a las leyes divinas era el fundamento de todo progreso y felicidad.
Aunque conscientes del libre albedrío, jamás había subido al corazón de ninguna criatura el deseo de apartarse del Creador. Así fue por mucho tiempo, hasta que tal problema irrumpió en la vida de aquél que era el más íntimo del Eterno.
4 Lucifer, que había dedicado su vida al conocimiento de los misterios de la luz, se sintió poco a poco atraído por las tinieblas. El Rey del Universo, a los ojos de quien nada puede ser encubierto, acompañó con tristeza sus pasos en el camino descendente que lleva a la muerte.
Al principio, una pequeña curiosidad llevó a Lucifer a aproximarse a aquél abismo profundo.
Contemplándolo, comenzó él a indagar el porqué de no poder comprender su enigma.
5 Regresando a su lugar de honra, junto al trono, se postró ante el divino Rey, suplicándole: —Padre, dame a conocer los secretos de las tinieblas, así como me revelas la luz.
— Ante la petición del hermoso ángel, el Eterno, con voz expresiva de de que el Creador no le revelaría los tesoros de las tinieblas, Lucifer decidió comprender por sí mismo el enigma. Se Juzgaba capacitado para tanto.
Con esta triste decisión, el príncipe de los ángeles permitió que surgiese en su corazón una mancha de pecado que podría traer una catástrofe para el Universo.
6 Solo Dios sabía lo que pasaba en el corazón de Lucifer. El ángel, que había sido creado para ser el portador de la luz, estaba divorciándose en pensamientos del bondadoso Creador que, en un esfuerzo de impedir el desastre, le rogaba permanecer a Su lado. Una tremenda lucha comenzó a trabarse en su interior.
El deseo de conocer el sentido de las tinieblas era inmenso, con todo, los ruegos de aquél amoroso Padre, a quién no quería también perder, lo torturaban.
Viendo el sufrimiento que su actitud causaba al Creador, a veces demostraba arrepentimiento, pero volvía a caer.
7 Antes de crear el Universo, Dios ya había previsto la posibilidad de una rebelión.
El riesgo de conceder libertad a las criaturas era inmenso, mas, sin este don, la vida no tendría sentido. El Eterno no quería reinar sobre robots, programados para hacer solamente Su voluntad.
El quería que la obediencia fuese fruto del reconocimiento y del amor, por eso decidió correr el gran riesgo.
Aunque proseguía en la búsqueda del sentido de las tinieblas, Lucifer no pretendía abandonar la luz.
8 Se esforzaba por llegar a una combinación entre esas partes que, en el reino del Eterno, coexistían separadas.
Finalmente, con un sentimiento de exaltación, concibió una teoría engañosa, que pretendía presentar al Universo como un nuevo sistema de gobierno, superior al gobierno del Eterno. Denominó a su teoría “la ciencia del bien y del mal".
Estructurada en la lógica, la ciencia del bien y del mal se reveló atrayente a los ojos de Lucifer, pareciendo descorrer un sentido de vida superior a aquél ofrecido por el Creador, cuyo reino posibilitaba solamente el conocimiento experimental del bien.
9 En el nuevo sistema, habría equilibrio entre el bien y el mal, entre el amor y el egoísmo, la luz y las tinieblas. A lo largo del tiempo en que madurara en su mente la ciencia del bien y del mal, Lucifer sabría guardarla en secreto delante del Universo.
Continuaba en su puesto de honra, cumpliendo la función de Portador de la Luz.
Sin embargo, por más que procuraba fingir, su semblante ya no revelaba alegría en servir al Eterno. El divino Rey, que sufría en silencio, procuraba, por medio de Sus revelaciones de amor, preparar a las criaturas racionales para la gran prueba que se aproximaba.
10 Sabía que muchos darían oído a la tentación, volviéndole la espalda. La noche de la prueba haría sobresalir, sin embargo, a los verdaderos fieles —aquéllos que servían al Creador no por interés, sino por amor.
—Al ver que la hora de la prueba llegaba, y que Lucifer estaba listo para traicionarlo delante del Universo, el Eterno, que jamás había cesado de revelar los tesoros de su sabiduría, se torno silencioso y contemplativo.
11 El silencio hizo revivir en el corazón de las huestes el recuerdo de aquella primera excursión sideral, cuando, después de mostrarles las riquezas del reino de la luz, Dios se tornó silencioso ante aquél abismo. Se acordaban de Sus palabras: "Todos los tesoros de la luz estarán abiertos a vuestro conocimiento, menos los secretos ocultos por las tinieblas.
Sois libres para servirme o no. Amando la luz estaréis ligados a lafuente de la vida”.
Lucifer, que había comenzado a codiciar el trono de Dios, le indagó el motivo de Su silencio.
El Creador, contemplándolo con infinita tristeza, le dijo: "Ha llegado la hora de las tinieblas. Tú eres libre para realizar sus propósitos”.
12 Viendo que el momento propicio para la propagación de su teoría había llegado, Lucifer convocó a los ángeles para una reunión especial.
Las huestes, deseosas de conocer el significado del silencio del Padre, tomaron sus lugares junto al magnífico ángel, que siempre les había revelado los tesoros del reino de la luz.
Lucifer comenzó su discurso exaltando, como de costumbre, el gobierno del Eterno.
En una amplia retrospectiva, les recordó las grandiosas revelaciones que los habían enriquecido en toda aquella eternidad.
13 El silencio divino, lo presentó como siendo la indicación de que el Universo había alcanzado la plenitud del conocimiento que provenía de la luz. Callando, el Eterno les abría camino para el entendimiento de misterios aún no soñados, guardados hasta entonces más allá de los límites de Su gobierno.
Sorprendidas, las huestes tomaron conocimiento de la experiencia de Lucifer sobre las tinieblas.
Con elocuencia, él les habló de la ciencia del bien y del mal, indicándola como el camino de las mayores realizaciones.
14 El efecto de sus palabras pronto se hizo sentir en todo el Universo.
La pregunta era decisiva y explosiva, generando por primera vez discordia.
Los seres racionales, en su prueba, habrían de optar por permanecer solamente con el conocimiento de la luz, el cual Lucifer afirmaba haber llegado a su límite, o aventurarse en el conocimiento de la ciencia del bien y del mal.
En el comienzo, los ángeles se debatieron ante la pregunta, siendo luego después todo el Universo puesto a prueba.
Parecía que la ciencia del bien y del mal habría de arrebatar la mayor parte de las criaturas, sin embargo, poco a poco, muchos que al principio se empaparon con la teoría, despertaron de la ilusión de la misma, reafirmando su fidelidad al reino de la luz.
15 Al final de ese conflicto, que se arrastró por largo tiempo, se reveló un tercio de las estrellas del cielo al lado de Lucifer, y las restantes, aunque conmocionadas por la prueba al lado del Eterno. La ciencia del bien y del mal fue proclamada por Lucifer como un nuevo sistema de gobierno.
¿Pero cómo ejercerlo, si el Eterno continuaba reinando en Sión? Necesitaban encontrar una manera de bajarlo de allí.
El consejo, formado por los ángeles rebeldes, comenzó a tratar de eso. Decidieron, finalmente, solicitarle el trono por un tiempo determinado, en el cual podrían demostrar la excelencia del nuevo sistema de gobierno.
En caso de que fuese aprobado por el Universo, el nuevo sistema se establecería para siempre; en caso contrario, el dominio retornaría al Creador.
16 Fue así que Lucifer, acompañado por sus huestes, se aproximó arrogante delante de Aquél Padre sufridor, haciéndole tal petición. El Eterno no era ambicioso, sólo quería el bien para Sus criaturas.
Si la ciencia del bien y del mal consistiera realmente en un bien mayor, no Se opondría a su implantación, cediendo el trono a sus defensores.
Más Él sabía que aquel camino conduciría a la infelicidad y a la muerte.
Movido por Su amor protector, el Creador desatendió la petición de las huestes rebeldes, que se apartaron enfurecidas.
17 Al serles negado el trono, Lucifer y sus huestes comenzaron a acusar al divino Rey, proclamando ser su gobierno de tiranía. Afirmaban ser su permanencia en el trono la más patente demostración de Su arbitrariedad.
¿No les había concedido libertad de escoger? ¿Por qué neutralizarla ahora, impidiéndoles poner en práctica un sistema degobierno superior? Las acusaciones de las huestes rebeldes repercutieron por todo el Universo, haciendo parecer que el gobierno del Eterno era injusto.
Esto trajo profunda angustia a aquellos que permanecían fieles al reino de la luz.
18 No sabiendo como refutar tales acusaciones, esas criaturas, enmudecidas por el dolor moral, anhelaban el momento en que nuevas revelaciones procedentes del Creador pudiesen aclararles los misterios de ese gran conflicto.
Las acusaciones y blasfemias de las huestes rebeldes alcanzaron el punto culminante cuando el Eterno, en un gesto sorprendente, se levantó de Su trono, como pronto a dejarlo.
Los infieles, en la expectativa de una conquista, se aquietaron, mientras que un sentimiento de temor penetraba en el corazón de los súbditos de la luz.
19 ¿Entregaría Él el dominio de toda la creación, para librarse de las vilesacusaciones? De acuerdo con la lógica a partir de la cual Lucifer fundamentaba sus enseñanzas, no le quedaba otra alternativa al Creador.
En esta tremenda expectativa, el Universo acompañaba los pasos de Dios.
En un gesto de humildad, el Creador Se despojó de Su corona y de Su manto real, colocándolos sobre el blanco trono.
En Su semblante no había expresión de resentimiento o de ira, sino de infinito amor y tristeza.
Con solemnidad, el Eterno proclamó que el momento decisivo había llegado, cuando cada criatura debería sellar su decisión al lado de la luz o de las tinieblas.
20 En una amplia revelación, alertó de las consecuencias de un rompimiento con la Fuente de la Vida.
Con una mirada de ternura el Creador contempló a sus hijos. Era una mirada de humildad, que lleno de amor, suplicaba para que permanecieran a Su lado.
Incontables criaturas, conmovidas, correspondieron a Su mirada de bondad, mientras que una multitud se mantuvo cabizbaja. Lucifer y sus seguidores estaban conscientes de la seriedad de aquel momento.
Todavía era posible dar vuelta atrás en sus planes, entregándose arrepentidos al divino Padre que siempre los había amado.
21 Mientras cabizbajos consideraban sobre la decisión final, Lucifer y sus adeptos oyeron el cántico de aquellos que, en reconocimiento y gratitud, se colocaban a lado del Eterno.
La última lucha se trababa en el corazón de los infieles que, estremecidos, llegaron a pensar en retirarse. Finalmente, el recuerdo del reciente gesto divino, despojándose de la corona, les dio la certeza de que el gobierno les sería entregado.
Viendo que el Trono permanecía vacío, Lucifer y sus huestes, dominados por la codicia, rompieron definitivamente con el Creador.
Al ver un tercio de los súbditos atravesar las divisiones de la eterna separación, Dios dejó externar el dolor angustiante que por tanto tiempo martirizaba Su corazón, Curvándose en inconsolable llanto que por tanto tiempo martirizaba Su corazón, Curvándose en inconsolable llanto
22 Contemplando a Sus hijos rebeldes, elevó la voz en una lamentación dolorosa:
¡"Hijos míos, hijos míos! ¡Ya no puedo llamarlos así! ¡Quisiera tanto tenerlos en mis brazos! ¡Me acuerdo cuando con cariño los formé! ¡Ustedes surgieron felices y perfectos, en acordes de esperanza en eterna armonía! ¡Viví para ustedes, cubriéndolos de gloria y poder! ¡Ustedes fueron mi alegría! ¿Por qué sus corazones cambiaron tanto? ¿Oh qué más podría yo haber hecho para hacerlos permanecer conmigo? ¡Hoy mí alma sangra de dolor por la eterna separación!
23 ¡¿Cómo miraré hacia los lugares vacíos donde tantas veces regocijantes elevaron las voces en hosannas festivas, sin venirme a la mente una mezcla de felicidad y ,dolor?! ¡Nostalgia infinita invade ya mi ser, y sé que será eterna! Hoy mi corazón se rompió y se quebrantó; ¡las cicatrices cargaré para siempre! Después de proclamar en llanto tan dolorosa lamentación, el Eterno, se dirigió a Lucifer, el causante de todo el mal, diciendo: "Tú recibiste un nombre de honra al ser creado.
Ahora no te llamarán más Lucifer, sino Satánas, el enemigo del Creador y de Sus leyes."
Después de lamentar la perdición de las huestes rebeldes, el Eterno, en pasos lentos, se ausentó del jardín del Edén, lugar del trono Universal.
24 ¿Dónde sería ahora Su morada? Las huestes fieles acompañaban reverentes Sus misteriosos pasos de abandono, que parecían descorrer un futuro difícil, de sufrimientos y humillaciones. ¿Ocuparían los rebeldes el trono divino, profanándolo como dominio del pecado? Esta indagación torturaba el corazón de los súbditos del Eterno.
Dejando Su amada Ciudad, el Señor de la luz se condujo, en medio de las glorias del Universo, en dirección del abismo inmenso, respecto del cual había callado hasta entonces.
Allí Se detuvo una vez más, enmudecido, mientras que parecía leer en las tinieblas un futuro de grandes luchas.
25 Ante el sufrimiento del Eterno, expresado en la tristeza de su semblante, los fieles pudieron finalmente comprender el significado de aquél misterioso abismo: consistía en una representación simbólica del reino de la rebeldía. En el rostro entristecido de Dios se manifestó, por fin, un brillo que a los fieles animó.
Levantando los poderosos brazos ante las tinieblas, ordenó en alta voz: "Haya luz."
Inmediatamente, la luz de Su presencia inundó el profundo abismo y, triunfando sobre las tinieblas, reveló un mundo inacabado, cubierto por aguas cristalinas.
Con ese gesto, el Eterno iniciaba una gran batalla por la reivindicación de Su gobierno de luz; batalla del amor contra el egoísmo; de la justicia contra la injusticia; de la humildad contra el orgullo; de la libertad contra la esclavitud; de la vida contra la muerte.
26 Batalla que, sin tregua, se extendería hasta que, en el amanecer anhelado, pudiese el divino Rey retornar victorioso al santo monte Sión, donde, entronizado en medio de las alabanzas de los redimidos, reinaría para siempre en perfecta paz. Las tinieblas, en su fuga, señalaban hacia el aniquilamiento final de la rebeldía.
Las aguas abundantes que cubrían aquél mundo, hasta entonces oculto, simbolizaban la vida eterna que para los fieles sería conquistada por el amor que todo sacrifica.
El mundo revelado era la tierra.
Visitada por las tinieblas y por la luz, ella sería el palco de la gran lucha.
Los fieles se regocijaban ante el triunfo de la luz en aquél primer día, cuando las tinieblas en su furia rodaban sobre el planeta, sucumbiéndolo en densa obscuridad.
27 La luz, que parecía vencida, renació victoriosa en un lindo amanecer.
Al rayar la luz de un segundo día, el Eterno ordenó: "Haya una expansión en medio de las aguas, y haya separación entre agua y aguas." Inmediatamente, el calor de Su luz hizo que una inmensa cantidad de vapor se elevase de las aguas, envolviendo el planeta en un manto de transparencias añil.
Surgió así la atmósfera, con su mezcla perfecta de gases que serían esenciales para la vida que en breve coronaría el planeta.
El Creador, contemplando la expansión, la llamó "cielos".
28 La atmósfera, que llena de brillo envolvía la tierra, se ensombreció al sobrevenir el crepúsculo de otro atardecer.

Capítulo 3

Continúan las obras de la Creación. Separación de las aguas. Vegetación.
El jardín de Edén es transferido en el nuevo planeta. Los grandes luminares.
Criaturas marinas.
Criaturas volátiles. Criaturas terrestres. Creación de Adán, el primer hombre.
Adán se postra en reverente adoración. Estado paradisiaco de la tierra.
Adán se admiró de una criatura y la llamó “cordero”. El cordero, una semejanza del Eterno.
La promesa de una compañera.
El sueño profundo de Adán. Eva es creada para Adán. Un manto real y una corona dados al hombre como honra del Eterno.
Adán y Eva muestran sumisión al colocar a los pies del Creador su corona. El hombre, mayordomo fiel, cetro racional y árbitro de la creación.
Adán y Eva son concientizados sobre Satanás. El árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Satanás opta por el engaño como arma para lograr que el hombre coma del fruto prohibido.

1 Al ser vencidas las tinieblas en el tercer día, el Creador continuó Su obra, haciendo aparecer los inmensos continentes que todavía estaban bajo la superficie de las aguas.
Con las manos levantadas ordenó: "Júntense las aguas debajo de los cielos en un lugar y aparezca la porción seca." En pronta obediencia, las cristalinas aguas cedieron su posición superior a la porción seca que se levantó, sobreponiéndose a ellas.
En las regiones bajas de la tierra, las aguas continuarían reflejando el brillo celestial, siendo un refrigerio para las criaturas sedientas.
En ese gesto de humildad, las aguas prefiguraban al Creador, que en la gran lucha había descendido al más profundo abismo para hacer renacer en las almas sedientas la vida eterna.
2 Contemplando la faz de aquél nuevo mundo, el Eterno denominó a la parte seca "tierra", y al recogimiento de las aguas llamó "mares".
Con su poderosa voz continuó, ordenando: "Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla, árbol fructífero que dé fruto según su especie, cuya semilla esté en ella sobre la tierra." En obediencia al mando divino, la superficie sólida del planeta se revistió de toda suerte de vegetación:
lindos prados a florear, campos reverdecientes entrecortados por ríos cristalinos, bosques sin fin donde árboles frondosos dejaban colgar frutos sabrosos de infinidades de especies.
La tierra era como una tela donde el Creador, por el poder de Su palabra, coloreaba cuadros de belleza sin par.
3 Mientras que con admiración las huestes contemplaban las bellezas de aquella creación, se sorprendieron al reconocer sobre el nuevo planeta el jardín del Edén, lugar del trono divino. El Eterno, por el poder de Su palabra, lo había transferido hacia el seno de ese mundo especial, donde en justicia sería confirmado el gobierno del Universo.
En aquel día primaveral, la brisa acarició mansamente los verdes bosques y los prados en flor, inundando la atmósfera con un suave aroma y frescor. Con-templando Su obra, el Creador con felicidad exclamó: "He aquí todo es muy bueno."
Exuberante, el planeta cumplió un día más en su armoniosa rotación.
Las huestes fieles ahora podían comprender mejor la importancia de la luz divina.
Su ausencia había ofuscado, en aquella noche, las bellezas de Sión. En ese nuevo día, el Creador expresaría Su gran poder, dando a la tierra luminares que la llenarían de luz y calor.
4 Esos luminares permanecerían para siempre como símbolos de la presencia espiritual del Eterno, que es la fuente de toda la luz.
Contemplando el espacio oscuro y vacío que se extendía alrededor de la tierra, con potente voz ordenó: "Haya luminares en la expansión de los cielos, para que haya separación entre el día y la noche; sean ellos por señales y para tiempos determinados, para días y años. Y sean por luminares en la expansión de los cielos para alumbrar la tierra." Inmediatamente, el espacio se tornó radiante por el brillo del sol y por el reflejo de planetas y satélites.
Ante esta demostración de poder, las huestes fieles se arrodillaron en reverente adoración.
En el cuarto día, el Eterno creó los mundos de nuestro sistema solar no para ser habitados como la tierra, sino para el equilibrio del sistema.
5 Llenaron también el cielo de fulgor, ablandando las tinieblas de las noches terrenales.
Volviendo los ojos hacia la tierra, las huestes se alegraron por verla radiante en colores.
Muy próxima de ella se podía ver la luna que, con su reflejo plateado, ahuyentaría las profundas sombras nocturnas.
Envueltos por ese escenario encantador, los hijos de la luz, regocijantes, saludaron el amanecer del quinto día, que sería de muchas sorpresas.
El Eterno tornaría la tierra festiva por la presencia de infinidades de especies de animales irracionales que habitarían toda la superficie del planeta.
Esa creación tendría continuidad en el sexto día.
6 Levantando las poderosas manos, el Creador, mirando primeramente hacia las aguas cristalinas, ordenó: "Produzcan las aguas abundantemente reptiles de alma viviente.
" De inmediato, las aguas se tornaron ondulantes por la presencia de incontables especies de reptiles que, felices y agradecidos, festejaban la existencia en un continuo nadar y saltar. Desde los seres microscópicos hasta las grandes ballenas, todos aparecieron en completa armonía, reflejando en su naturaleza el amor del Creador.
Poniendo los ojos sobre la atmósfera añil que reposaba sobre los reverdecientes bosques, el Eterno continuó: "Vuelen las aves sobre la faz de la expansión de los cielos".
Por medio de Su orden, los Cielos se llenaron de pájaros coloridos que, volando en todas direcciones, tenían en el corazón un cántico de gratitud por la vida.
Este cántico llenó el aire, mezclándose con el perfume de los arbustos floridos.
7 Contemplando con placer a Sus criaturas terrenales, el Eterno las bendijo diciendo:
"Fructificad y multiplicaos y henchid las aguas en los mares, y las aves multiplíquense en la tierra.
" Regocijantes, las huestes fieles presenciaron el amanecer del sexto día.
¿Y qué crearía Dios en ese nuevo día? Esta pregunta reinaba en la mente de todos los seres racionales.
Estaban seguros de que algo muy especial estaba por acontecer.
Levantando los poderosos brazos, el Eterno ordenó: "Produzca la tierra alma viviente conforme a su especie: ganado, reptiles y bestias salvajes de la tierra, conforme a su especie." Su voz poderosa fue prontamente oída y, en los bosques y en los campos, se podía ver el resultado de Su poder creador.
8 Animales de todas las especies despertaron a una existencia feliz, en medio de un paraíso de perfecta paz.
La tierra se tornaba extremadamente bella, cual princesa adornada para recibir a su rey y señor.
¿Quién sería ese ser especial? Moviéndose con majestad, el Eterno bajo a las glorias del nuevo mundo, dirigiéndose al jardín del Edén, lugar del trono divino.
Los ángeles de la luz lo acompañaron reverentes, deteniéndose cual nubes sobre los cielos del paraíso. Todo el Universo observaba con profundo interés el desenvolvimiento de los actos del Creador, en respuesta a las acusaciones de sus enemigos.
9 El momento era decisivo.
Todo indicaba que el Eterno demostraría no ser tirano ni egoísta, coronando a alguien sobre el monte Sión.
Satanás y sus seguidores no dudaban de que el reino les sería entregado y reinarían victoriosos en el seno de aquel antiguo abismo, donde las tinieblas y la luz ahora se entrelazaban.
Los súbditos de la luz se estremecieron ante esa perspectiva.
Junto a la fuente del río de la vida, el Eterno se arrodilló solemnemente y, con los elementos naturales de la Tierra, comenzó a moldear, con mucho cariño, una criatura especial.
Después de algunos instantes, estaba extendido delante del Creador el cuerpo, aún sin vida, del primer hombre.  
El Eterno lo contempló y, después de acariciarle la cara fría y descolorida, le sopló en las vías de la nariz el aliento de vida y el hombre comenzó a vivir.
10 Como despertando de un sueño, el hombre abrió los ojos y contempló la dulce faz de Su Creador que, sonriendo, le besó la cara ahora colorida y llena de vida.
Se emocionó al oír al Eterno decirle con voz suave y llena de afecto: "¡Mi hijo, mi querido hijo!" Por haber nacido de la tierra, el primer hombre recibió el nombre de Adán.
Tomándolo por la mano, el Eterno lo levantó.
Sin percibir el escenario de fulgor que lo circundaba, Adán, en un gesto de gratitud por la existencia, envolvió al Creador en un tierno abrazo, postrándose en reverente adoración.
Las huestes fieles que admiradas atestiguaban la grandiosa realización divina, emocionadas ante el gesto humano, se postraron también en reverente adoración.
11 Unieron entonces las voces en un cántico de júbilo en salutación a aquélla criatura especial, que despertaba hacia la vida en un momento tan decisivo para el Universo.
Con el corazón lleno de felicidad, Adán se unió a los ángeles en su cántico de loor.
Su voz, al repercutir por los alrededores floridos, se mezcló al canto de las aves y al mugir de los animales que se aproximaban festivamente.
En un paseo de sorpresas inolvidables, Adán fue concientizado de las bellezas de su hogar.
Con admiración, contempló el monte Sión, donde brotaba el río de la vida, en una cascada de luz.
El glorioso monte yacía coronado por un lindo arco iris. En sus pasos, siguió el curso del río cristalino, que deslizaba sereno en medio de las maravillas del Edén.
12 Se admiraba de los árboles altos que, empapados por la brisa, dejaban colgar de las ramas abundantes flores y frutos. Se inclinaba aquí y allá, atraído por el resplandor de
piedras preciosas que por todas partes adornaban el césped. Con intensa alegría, Adán tomaba conocimiento de las infinidades de especies de animales que poblaban el jardín. Todos eran mansos y sumisos y vivían en perfecta armonía y felicidad. Deteniéndose en sus pasos, Adán se admiró de la blancura y ternura de un animalito que brincaba en el césped. Aproximándose, lo tomó en sus brazos, dedicándole un especial afecto. ¡Pues que agradable era acariciar su blanca lana! Sus dulces ojos reflejaban un brillo de amor y humildad. Había algo de especial en aquel animalito. Afectuosamente, Adán lo llamó "cordero".
13 Con el animalito en sus brazos, Adán miró agradecido hacia el Eterno y Lo adoró. Contemplando Sus blancas vestiduras, Sus ojos expresivos de un amor sin par, Adán descubrió que tenía en los brazos un símbolo de su Autor. Feliz, exclamó: "Oh, Señor, este corderito revestido de tan blanca lana, con mirada expresiva de tanto amor, se parece a Ti. Yo quiero tenerlo siempre junto a mí." Observando los animales, Adán percibió que ellos disfrutaban de un compañerismo especial. Veía por todas partes parejas felices que vivían el uno para el otro. Sus pensamientos se volvieron hacia su compañero. Miró a su alrededor y estuvo sorprendido de no verlo. El Eterno se había ocultado a propósito, tornándose invisible.
14 Adán se sentía solitario en medio de aquel paraíso. ¿Con quién compartiría su felicidad y su amor? había allí los animales, pero ellos eran irracionales, no pudiendo compartir de sus ideales. Nacía en su corazón, al caminar solitario en aquel atardecer, un deseo ardiente de encontrar a alguien que pudiese estar siempre a su lado. Mientras que Adán miraba hacia las distantes colinas en la esperanza de ver a alguien, el Eterno se presentó a su lado y le dijo: "No es bueno que el hombre esté solo; le haré una compañera."
15 Adán estuvo feliz al oír del Creador esa promesa, justamente en el momento en que tanto anhelaba tener a alguien para que estuviera siempre visible a su lado. Tomado por un profundo sueño, Adán se reclinó en el pecho de su amoroso Creador que, con caricias, le hizo adormecer. En su subconsciente surgieron los primeros sueños coloridos: Contempla la mirada tierna del Eterno; oye el sonido armonioso de la músicaangelical; descubre las maravillas al derredor: el monte Sión con su arco iris; el río de la vida; los prados en flor; los animales que lo saludaban en fiesta. Se repiten en su sueño las escenas que lo envolvieron en su anhelo; mira al derredor en la esperanza de encontrar a su compañero, más no lo ve. Se siente solitario en su sueño, y eso lo hace buscar a alguien con quién poder compartir su existencia.
16 Su mirada se extiende por campiñas reverdecientes, divisando a lo lejos colinas floridas. Mientras camina esperanzado, siente la mansa brisa acariciarle el cabello suavemente. Conversa con la brisa: "¡Brisa, tú pareces ser a quién tanto busco; tú me acaricias el cabello; besas mi cara; tú tienes el perfume de los verdes arbustos! ¡Si yo pudiera ver tu faz, la besaría; si yo pudiera tocar tu cabello, haría largas trenzas y las adornaría con las flores de nuestro jardín!" Después de caminar en el sueño por los prados del paraíso, Adán se detuvo mientras que contemplaba el paisaje alrededor. Se
admiró de no ver el efecto de la brisa en las ramas floridas. ¿Pero cómo, si la sentía cálidamente en el rostro?
17 Comenzó entonces a despertar de su sueño. Todavía con los ojos cerrados se acordó del momento en que, somnoliento, se recostó en el pecho del Eterno. ¿Sería la brisa el toque de Sus manos? Con esta interrogante abrió los ojos y se emocionó al contemplar una linda mujer que, con las manos perfumadas, le acariciaba con amor la cara. Era la brisa de su sueño; la promesa de un Creador que solo quería hacerlo feliz.
Ahora Adán era completo, pues tenía a Eva, que era carne de su carne y huesos de sus huesos. Tomándola por la mano, Adán la invitó a dar un paseo de sorpresas inolvidables. Mostraría a su compañera las bellezas de su hogar.
18 Sensibilizada Eva se detenía a cada paso, atraída por las flores que exhalaban suaves perfumes; por los pájaros que trinaban alegres cantos; por los animales que los seguían sumisos; por la vegetación de ricos matices; por las aguas cristalinas del río de la vida que brotaban en cascada desde el monte Sión. Todo en el paraíso era perfecto y bello, mas nada se igualaba al ser humano, creado a la imagen de Dios. Se volvieron el uno para el otro en admiración y caricias. Empapados por ese amor, permanecieron hasta el atardecer. Con deleite, la joven pareja comenzó a contemplar el sol poniente que, a través de rayos rosados, coloreó el cielo en un lindo arrebol.
19 Era el sexto día que llegaba a su final, dando lugar a las horas de un día especial: El sábado. Ese día, en su significado, sería solemne para todos los súbditos del Eterno, pues su amanecer traería la victoria para el reino de la luz. El sol, que durante el sexto día había alegrado la naturaleza con su brillo y calor, se ocultó, dejándola en frías sombras. Los alegres pájaros, silenciando sus trinos, buscaban sus nidos mientras que los otros animales se recogían. Solamente la pareja permaneció inmóvil, procurando divisar, en el último destello que se apagaba en el horizonte, la esperanza de un nuevo amanecer. Investigaban el sentido de las tinieblas cuando, por entre los arbustos, vieron un lindo lugar, cuyos rayos plateados bañaban la naturaleza en suave luminosidad.
20 Todo el cielo estaba iluminado por el resplandor de las estrellas. Admirados, descubrieron que la noche solamente era tinieblas cuando se miraba hacia abajo. Adán y Eva en su inocencia no sabían que aquella noche simbolizaba el futuro sombrío de la humanidad. Cuando lo comprendiesen, estarían confortados al contemplar el fulgor de los cielos: el lugar hablaría de esperanza y las estrellas centellantes atestiguarían el interés de las huestes de la luz en aclararles las tinieblas morales, dando aliento a los pecadores. Mas serían iluminados apenas aquellos que, desviando los ojos de la tierra, contemplasen los altos cielos.
21 Después de contemplar por algún tiempo el cielo en su luminosidad, la pareja, se acordó de las bellezas del paraíso, volvió los ojos, buscando divisarlas. Estaban, sin embargo, ocultas en medio de las sombras. ¡Cuánto deseaban el amanecer, pues solamente él traería consigo el paraíso! Ante el anhelo del corazón humano, el Eterno apareció en medio de las tinieblas, devolviendo a la pareja la alegría de encontrarse nuevamente en un jardín colorido. Bañados por suave luz, caminaban ahora por prados reverdecientes y floridos. El brillo del Creador despertaba la naturaleza por donde pasaban, coloreando y alegrando todo en derredor.
22 La pareja, admirada, aprendió que al lado del Eterno podrían tener un paraíso en plena noche. Sintiéndose somnolientos, Adán y Eva se recostaron en el regazo del amoroso Padre, que los hizo adormecer dulcemente, esperanzados en un despertar feliz. Dejándolos sobre el suave césped, el Eterno se elevó dirigiéndose al lado de las huestes contemplativas. Volvería a manifestarse al amanecer, haciendo despertar a la pareja para el más solemne acontecimiento, que reduciría al polvo las más viles acusaciones de los enemigos. La noche oscura y fría, a través de sus largas horas, parecía burlarse de la luz. ¿Ofuscaría para siempre las bellezas de la creación? ¡Oh,
jamás! El sol no retrocedería ante la imponencia de las tinieblas; aparecería en breve como un libertador, arrebatando con sus cálidos rayos la naturaleza de las frías garras, dándole vida y color.
23 En un último desafío, las tinieblas se tornaron densas en las horas que antecedieron el amanecer. La noche arremetía sus fuerzas para luchar por el dominio usurpado. Finalmente, apareció en el este un destello que parecía hablar de esperanza en un nuevo día. El cielo poco a poco se tornó colorido de un rojizo vivo. Las tinieblas impotentes se retiraron ante la fuerza creciente de la luz y fueron consumidas en su fuga. La naturaleza comenzó a despertarse de la larga noche, reflejando en su seno los nostálgicos rayos. Flores se abrirían, exhalando perfumes de alegría; animales y aves, silenciados por la noche, unían las voces en un cántico triunfal en salutación al amanecer de aquel día grandioso.
24 La negra noche había llegado al final, dando lugar a la luz del día soñado —día que para Dios tenía un sentido especial, pues prefiguraba la victoria final de Su reino sobre el dominio de la rebeldía. — El Eterno ahora despertaría a Sus hijos humanos que, bañados por la luz de Su presencia, habían dormido con la esperanza de un amanecerfeliz. En una marcha festiva, todas las huestes santas, con cánticos de victoria, lo acompañaron rumbo al paraíso bañado en luz. Cuando ya estaban próximos, el Creador se detuvo contemplando a la pareja adormecida, y exclamó suavemente: "Despierten hijos míos." Su voz penetró en los oídos de Adán y Eva, despertándolos para la más feliz comunión.
25 ¡Cuán deprisa rayó la tan esperada mañana, trayendo en su luz el dulce paraíso, perdido en aquella noche! Con alegría la pareja saludó a su divino Creador, uniéndose a los ángeles en antífonas triunfales. El Universo vivía un momento en verdad solemne. En aquella mañana festiva, el Eterno habría de revelar la grandeza de Su carácter, que es justicia y amor. Las acusaciones de que Su gobierno era de egoísmo y tiranía serían refutadas. A los ojos de todas las criaturas racionales del vasto Universo, Dios condujo a la joven pareja al monte Sión, lugar del trono divino.
26 Allí, ante el estremecimiento de las huestes enmudecidas, el Creador, en un gesto sorprendente, cubrió al hombre con el manto real, colocándole sobre su cabeza la corona que había sido codiciada por Lucifer. Movidos por profunda gratitud por la suprema honra conferida, Adán y Eva se postraron reverentes, colocando a los pies del Creador su corona preciosa, en señal de sumisión. Siguió a ese gesto humano un grito de victoria que sacudió toda la Creación. Los hijos de la luz, que por tanto tiempo habían sufrido afrentas y humillaciones ante las constantes acusaciones de las huestes rebeldes, exaltaron en retumbante alabanza al Dios bendito, que en Su obra de justicia desmintió a los enemigos, revelando Su carácter de humildad, desprendimiento y amor.
27 Teniendo constituido al hombre como el señor de toda la creación, el Eterno, con voz solemne, comenzó a concientizarlo de la grandiosidad de su misión. Como un mayordomo fiel, debería cuidar del paraíso, manteniendo limpia la fuente del río de la vida. Las leyes de la justicia y del amor, fundamentos del reino de la luz, deberían ser honradas. Como un cetro racional, le correspondería al hombre, en un gesto de reconocimiento y gratitud, aceptar libremente el gobierno de Aquél que lo creó. Las huestes, que maravilladas atestiguaban la revelación del desprendimiento divino, comprendieron que el Señor de la Luz no gobernaría más el Universo, a no ser con el consentimiento humano.
28 El hombre, por la voluntad del Eterno, fue hecho el árbitro de la creación; en su glorioso ser, hecho a imagen del Creador, resplandecía el sello del dominio eterno. Después de revelar a la pareja la infinita honra y responsabilidad de su misión, el Creador los concientizó del conflicto espiritual que se trababa por la conquista del dominio universal: Lucifer, que por incontables eras había servido al divino Rey en Sión, había sido corrompido por el orgullo y por el egoísmo, siendo seguido por un tercio de las huestes racionales; buscaban ahora destronar al Eterno, deshonrándolo con viles acusaciones.
29 Habiendo revelado al ser humano la dolorosa situación en que el Universo se encontraba, el Eterno, en un gesto solemne, les mostró dos árboles altos que, cargados de grandes frutos, se elevaban en ambas orillas del río que nacía del trono. Al que se elevaba a la derecha el Señor reveló ser el árbol de la vida monumento del reino de la luz. Al que se elevaba en la otra orilla reveló ser el árbol de la ciencia del bien y del mal —símbolo de la rebeldía. — Comiendo del fruto del árbol de la vida, el hombre manifestaría su sumisión al Creador, que es la Fuente de la vida y de la luz. Comer del otro árbol sería entregar al enemigo el dominio de Sión.
30 El inevitable resultado de ese paso sería la muerte eterna, no solamente para el ser humano, sino para toda la creación, que se reduciría al caos bajo la furia de la rebeldía. Después de contemplar demoradamente los dos árboles altos, que externaban en sus frutos tan infinita responsabilidad, Adán se postró ante el Creador, diciendo: "Digno eres Señor de reinar sobre el Universo, pues por tu sabiduría, amor y poder todas las cosas
fueron creadas y subsisten." El sábado, emblema del triunfo divino, se hinchió de alabanzas.
31 Todos los hijos de la luz se unieron al ser humano en el más armonioso cántico de exaltación a Aquél cuya grandeza es sin par. Fue con espanto que Satanás y sus seguidores atestiguaron la grandiosa realización del Eterno. Presenciaron con amargura la alegría de los fieles ante la coronación del hombre, acontecimiento que lanzó por tierra las fuertes acusaciones que ellos habían levantado contra el gobierno divino. Llenos de ira y frustración, consideraban ahora su triste condición. Cuán terrible y humillante les era el pensamiento de ver sus planes de rebeldía desvanecerse delante del Creador, semejantes a las sombras de aquella noche
32 Si pudiesen, pensaban, llenarían el sábado de tinieblas, borrando de la mente de los súbditos del Eterno cualquier esperanza de victoria. Finalmente, en sus consideraciones, Satanás y sus liderados comprendieron que les quedaba una oportunidad: en medio del jardín del Edén, en las alturas de Sión, se elevaba, junto al río de la vida, el árbol de la ciencia del bien y del mal. Bastaría un gesto humano, nada más, y tendrían bajo su poder, para siempre, el dominio codiciado. ¿Pero cómo seducirlo? Animado ante la perspectiva de una conquista, Satanás buscó, con ingeniosidad, formular un plan de abordaje. Sabía que, si fallase en su tentativa, todas las esperanzas de triunfo se habrían disuelto, desmoronándose todos sus sueños de aventura. Concluyó que el engaño habría de ser su poderosa arma.
33 — ¡¿Acaso no había sido a través de él que consiguió dominar un tercio de las huestes celestiales?! Esperaría, por lo tanto, un momento propicio para armar su emboscada. —
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